jueves, 26 de mayo de 2016

LOS MUSEOS DE MI PUEBLO.- Relato de los jueves.



La amiga Lucía del blog “Sintiendo en la piel” nos invita a hablar esta semana sobre museos.
Hablo de los de mi pueblo y pido perdón a Tésalo: los sentimientos, que no son buenos consejeros, han disparado las palabras.

En mi recuerdo el pueblo tiene color de lámina antigua. En mi mirada de entonces, se juntan todas las posibles claridades de una mañana y una vida que empieza.

Septiembre, en la ciudad de mis sueños, huele a alegría, versos y vino caliente recién extraído. Pero sobre todo, cuando cada tarde se abre al público El Circulo La Confianza con sus salones repletos de obra pictórica, huele a una nueva experiencia para mis sentidos ávidos de nuevas emociones y colores, con los que aclarar el silencio duro de un país ocre de ceniza y gemido.

La Exposición de Artes Plásticas de Valdepeñas, nos sumerge cada año en esa luz incierta de un arte, que para los no iniciados, como es mi caso, no deja de ser interrogador, aunque aun estemos lejos de las respuestas.

Junto a mí, que trato de alcanzar estrellas entre tanta paleta, enganchan su mirada el menestral, el bodeguero, el albañil, el pintor de brocha gorda, (alguno afinó tanto su pincel, que al cabo del tiempo, estuvo entre los galardonados), mientras que ese caleidoscopio de figuras y colores, les sugieren sonrisas, mientras encuentran motivos que ni siquiera el autor pretendió. Pero siguen indagando, escuchan y afinan sensaciones, tratando de saber, para con el tiempo, tener su particular certezas de calidades.

En aquellos años, pude conocer la obra de maestros como. Antonio López, Pancho Cossío, Redondela, Agustín Ubeda, Guijarro, Alfredo Alcaín, Barjola, Zabel, Venancio Blanco y muchos más que se ocultan tras una memoria cada vez mas quebradiza.

Me fui haciendo mayor y mi amor por la pintura, permitió que convenciera a mi padre, un simple hostelero de un pueblo como Valdepeñas, para que instaurase un premio al que denominamos Premio Quintería, (nombre del mesón del que era propietario), dotado con una exigua cantidad de premio en metálico, (siempre que el autor dejase el cuadro) y una jarrilla de oro, para todos los premiados.
De aquella ilusión de entonces, puedo disfrutar ahora de obras de: Miguel Navarro, Jesús Molina, Ignacio Gª Ergüin, Francisco Rodríguez, Concha María Gutiérrez Navas.
Fueron premiados también Menchu Gal y Demetrio Delgado. No dejaron su obra, pero nos invitaron a pasar por sus estudios, para escoger otra. Me arrepiento ahora de no haber aceptado esa petición.
Aquel muchacho que servía chatos de vino en un mesón, mientras estudiaba un larguísimo bachiller de 7 cursos y un Examen de Estado, obtuvo además dibujos de Pancho Cossío, Guijarro y un álbum de firmas que aún conservo de figuras consagradas de la pintura.

Ahora revivo cada día, en mi casa,  la emoción primigenia de mi proximidad al arte pictórico, de aquellos años de mi juventud ya tan lejana.


Vosotros podes disfrutar de una magna colección, visitando Valdepeñas.
Tenéis donde elegir: Museo Municipal, Museo de la Fundación Gregorio Prieto y Museo de los Molinos.
Estay seguro que os emocionareis ante tanto arte, en  este pueblo al que alguien bautizó como la Atenas de la Mancha.


Mas relatos sobre museos en el blog “Sintiendo enla piel”






jueves, 19 de mayo de 2016

MI PALABRA FAVORITA.- Relato de los jueves.- METÁFORAS Y NATURALEZA




Volviendo a leer una Antología editada en 1.944,  y que yo tuve como libro de literatura en mi primer curso de bachiller, hace la friolera de 70 años, me he encontrado, con un escrito del poeta y médico italiano Giovanni Rajberti, titulado Metáforas.

.-“ Desde las semejanzas de la epopeya hasta los refranes de la plebe, es un continuo confrontar los hombres con las bestias.

Si somos tardos de ingenio nos llaman bueyes; si sucios y corpulentos, cerdos; si groseros y salvajes, osos; si ignorantes, asnos. El que repite los discursos de los demás es un papagayo; el que reproduce las acciones de los otros es un mono; el que ejercita un poco de usura en alivio de los desesperados es una sanguijuela. Si sufrís distracciones os llamarán mochuelo. ¿Sois un hombre de todos los colores? Os dirán camaleón. ¿Sois astuto? ¡Oh qué zorro! ¿Sois voraz? ¡Oh qué lobo! ¡Oh qué topo!, si no veis las cosas bien claras. ¡Oh qué mulo! Si sois pertinaz. ¡Oh qué búho!, si aborrecéis la luz de la verdad. La mujer iracunda y vengativa es una víbora; la voluble es mariposa; lechuza, la coqueta.

Pero aquí, observará alguno, no se trata más que de cualidades viciosas. ¡Oh!..., la fuerza con generosidad (y también sin ella) tiene su extremo modelo en el león. La fidelidad y la amistad tienen por tipo inevitable el perro. Los amantes tiernos se llaman palomos; los ingenios sublimes, águilas; los buenos poetas, cisnes. Quien tiene agudo el ojo de la mente es parangonado con el lince; al hombre tranquilo se le honra con el título de cordero; al que hace ahorros para futuras necesidades se llama próvido como la hormiga; hasta el ecléctico es una abeja que chupa la miel de cada flor. En resumen, estimo hábil a quien sepa encontrarme un individuo solo que, en bien o en mal, no tenga semejanza a tres o cuatro animales, por lo menos.”


Después de leídas estas líneas, me he parado a pensar, tratando de encontrar algún animal, que pueda servir de comparación, con el hombre que deliberadamente destruye la necesaria NATURALEZA para vivir. ¡No lo he encontrado!



Otras palabras favoritas en el blog de Dorotea

domingo, 15 de mayo de 2016

UNA LARGA CONFERENCIA



Al comentar a la buena amiga Mónica del blog Neogéminis, su entrada del pasado jueves, prometía publicar este real divertimento que hace tiempo ya subí a otro blog ya desaparecido.
Cumplo mi promesa.

                           


Hace unos días, recibía de una de mis hijas un WhatsApp con fotografía incluida, desde un lugar de la ruta de los castillos del Loira en Francia.

Una vez enterado del mensaje y después de contestar, congratulándome de su felicidad por la indudable belleza del paisaje, me puse a considerar el avance que en materia de comunicaciones se habían producido en mis largos años de existencia.

Si cuando yo era un mozalbete me dicen que alguien me escribe una carta y yo soy capaz de recibirla y leerla en el mismo instante, me atornillo la sien con mi dedo índice, me sonrío y le digo loco al que trate de convencerme.

Pensando en esto me vino a la mente un hecho que acaeció hace unos 64 o 65 años (yo tendría entonces no más de 14) y del que fui testigo directo y co-protagonista.

Prometo solemnemente que lo que viene a continuación es verídico y tal como os lo cuento.

Imaginaros un tórrido día de agosto en Valdepeñas. Alrededor de las 3 o 3,30 de una tarde asfixiante de calor. El bar propiedad de la familia, en una penumbra fresca pero tediosa. Ningún cliente. Celestino el camarero dormitando, apoyándose en un velador, donde descansa una novela de bolsillo del Coyote. Yo, detrás de la barra, sentado en un taburete, mientras repaso alguna asignatura pendiente para septiembre. Al fondo del salón, una partida de tute con el sonido difuminado sin duda por los sopores de la siesta.

El silencio del momento se rompe al entrar un forastero bien trajeado, sudoroso y con el nudo de la corbata aflojado. Me pide un café solo y me pregunta que si tenemos teléfono. Al contestarle afirmativamente me ordena pedir una conferencia a un número que me indica, de la vecina ciudad de Manzanares. Le sirvo el café y le doy a la manivela del teléfono hasta que la telefonista (eso de operadora es muy posterior), atiende mi petición de conferencia y me dice que tan pronto como tengan la comunicación avisarán.

El cliente, visiblemente nervioso, me explica que el número solicitado pertenece a un taller de reparaciones de la vecina ciudad donde horas antes ha reparado una avería de su coche y el motivo de la llamada, el avisar que recojan una cartera con importantes y necesarios documentos, que sin darse cuenta se ha dejado en el taller,. La premura viene dada por si alguien, amigo de lo ajeno, se lleva esa cartera.

Pasa el tiempo y la telefonista no llama. Mi cliente cada vez está más nervioso, por la tardanza y los cafés repetidos.. A cada momento me insta a reclamar la conferencia. Pasa una hora, pasan dos y la conferencia sigue sin conseguirse. Yo, harto de tanta llamada, le conmuto el teléfono a uno de pared que hay en el salón, para que sea el quién que haga las reclamaciones.

Los nervios, los cafés repetidos y la impotencia le tienen como a un toro enjaulado y clama en arameo.

Cuando son cerca de las siete de la tarde, suena el teléfono y se lanza a él como un poseso.

Oigo que grita: !!Como que que leche quiero: la conferencia con Manzanares !!

Ante su exabrupto, cambié el teléfono de nuevo dentro del mostrador y me puse el auricular en el oído.

!! Era la dueña de la vaquería, que como todos los días a esa hora, llamaba para ver la leche que íbamos a necesitar para el día siguiente!!

Después de esto, el nervioso cliente anuló la conferencia y se fue a toda pastilla a Manzanares, rezando para que el taller no estuviese cerrado al llegar.

Como veréis las cosas, afortunadamente, han cambiado bastante.

Al menos nos sirve para iniciar la semana con una sonrisa.




miércoles, 11 de mayo de 2016

TARJETA POSTAL.- Relato de los jueves.





UNA POSTAL


Ahora que todo se dice con palabras mutiladas,
ahora que el “recado de escribir” es un teclado
y sobran los nombres y los números de las calles,
ahora,
quiero mandaros una postal,
aunque solo sea para que tengan sentido los buzones,
ante tanta propaganda y tanto engaño.

Está escrita con la letra temblorosa
De unas manos sin la fuerza necesaria.
Aquella fuerza que doblaba calientes palabras
en la fragua de moldear los diccionarios.

La letra ha limado las aristas
y solo tienen picos de temblores.
Tengo que tirar de la brida a los vocablos
y tratar de que no se me desmanden
los posos que avinagran la tinaja.

Escucho música de valses
y quiero que las frases giren al compás de las ideas,
pero, o en esta orquesta la cuerda desafina,
o yo no soy capaz de coger la melodía.

Mi mensaje es muy sencillo
y necesita de pocos circunloquios.

Solo quiero mandaros una postal antigua
que hable de ciertas palabras olvidadas:
Amor, amistad, generosidad, sonrisa…

Y todo el léxico necesario
para escribir en renglones como surcos
donde puedan germinar semillas
que alumbren el diario laberinto de las sombras.




jueves, 5 de mayo de 2016

VALDEPEÑAS EN EL RECUERDO.- Relato de los jueves)


Convento de los Trinitarios de Valdepeñas.
Efecto óleo con photoshop de una foto del autor.



VALDEPEÑAS EN EL RECUERDO


Te miro en la distancia
al contraluz sombrío de la ausencia
y me pierdo en las esquinas jubilosas del recuerdo.

Los latidos de antaño
se enredan en las ramas musicadas de trinos
y un albor de palomas suicidas
se estrellan en mi fuente,
huérfana de rumores y frescura.

Tu antigua arquitectura,
construida con mis pasos olvidados,
es como el viejo retrato que se guarda
en el oscuro rincón del sentimiento,
cegando los nuevos panoramas.

Un rimero de voces,
que ensalzaban mejor tu biografía,
han ido callando,
mientras un silencio de años
se amontona en mi cerebro,
impidiéndome oír tu nueva sinfonía.

Las viejas palabras
que apuntalan mis recuerdos,
ya no son las mismas que utilizo
y parecen que se esconden
en el polvoriento sopor
de viejos diccionarios.

Hasta la realidad del vino que te nace
se hace vieja en la penumbra
de un rumor de voces y trasiegos
que apenas pueden acallarse
con el necesario idioma del progreso


Requiero y te nombro con orgullo
para que seas plataforma de la dicha,
cuando la amistad se hace sorbo y sentimiento.

Evoco las virtudes de tu nombre
con el fervor del hijo que te quiere.

Bendigo tu belleza,
con vehemente pasión de enamorado,
recuerdo tus sabores
y un millón de estrellas relucen en mi boca
y muestro complaciente,
con palabras de música,
la historia de los hombres
que te hicieron famosa.


Porque te quiero orgullosa y reluciente
en el trajín diario de barras y de copas.

Porque quiero que tu nombre se borde en los manteles
y se escriba con oro en todas las minutas
y un coro de esmóquines te rindan pleitesía,
bautizando tu nombre con sus conchas de plata.

Porque quiero que tu vino, coronado de estrellas
enseñe por el mundo
la lección prodigiosa de la amistad y el abrazo.



Más pueblos, más comarcas en el blog de Juliano el Apostata








 

                                                                                


miércoles, 27 de abril de 2016

PÍDOLA.- (Relato de los jueves)


Fotografía del autor.


Como de costumbre en estos días primaverales que venimos disfrutando junto a este Mediterráneo nuestro, la mañana era deslumbrante.

En el puerto, un ronroneo de espumas, acompasaban los vaivenes de las barcas ancladas, con una nana de azul y brisa.

En un banco cercano al borde del fondeadero, un padre solo, ¿divorciado?, miraba el horizonte, mientras su hijo, absorto, manejaba con rara habilidad un teléfono móvil.

En la mayoría de las mesas cercanas de los bares al aire libre, en otros bancos, incluso paseando, multitud de jóvenes repetían, como el joven del que hablo, esa nueva liturgia del Smartphone acaparador de voluntades.

El padre, que ya había intentado en varias ocasiones interesarse por el devenir de la semana, solo consiguió de su hijo respuestas monosilábicas, dadas sin siquiera levantar los ojos del móvil.

Aburrido y hastiado de sol y silencios, conminó a su hijo a dar un paseo.
Al pasar al lado del grupo escultórico “Tarde de Verano” de Enrique Gimeno, le pregunto a su hijo.

.- ¿Sabes cómo se llama este juego?

.- No.

.- Este es el juego al que se jugaba cuando tu padre era pequeño. Se llama “pídola”.

Y había otro, basado en este, que se llamaba “churro, mediamanga, mangotero” o “burro”.

 Por primera vez en la mañana, el chico levantó los ojos del teléfono  y se dignó hablar, macerando sus palabras con una sonrisa de suficiencia.

.- ¡Vaya nombres!. Me parecen ridículos. ¿Cómo podéis ser tan antiguos?

Tratando de atemperar las palabras su padre contestó:

.- Llevas razón: son nombres raros y los juegos son tan antiguos que ya en el año 1560, Pieter Brueghel “el Viejo”, lo pintó en su cuadro “Juego de niños”.

Pero tanto para un juego como para el otro, se necesitan niños dispuestos al movimiento, al contacto, a la risa, al abrazo o a la pelea, a aprender a sufrir y a gozar .

Se necesitan niños vivos dispuestos a ejercitar todos los miembros de su cuerpo, niños que vivan sus juegos como una aventura.  Que sean capaces de divertirse saltando, cogiéndose de la mano.

Que sean capaces de oír los latidos del compañero de juegos y que aprendan para siempre que no hay mejor juego que saber mirar directamente a los ojos de los demás.


El hijo, unos pasos adelante, seguía abstraído con su teléfono móvil.


Mas historias en el blog de Moli del Canyer





domingo, 24 de abril de 2016

LA MESA CAMILLA



En algún sitio he leído que vuelve a ponerse de moda la mesa camilla. Los maestros de la decoración, la pretenden  vestir con sus mejores y más caras galas, para que haga juego con costosos divanes y victorianos sillones. Veremos lo que dura esta reaparición, con carácter de estreno, de la vetusta mesa familiar.

Yo la recuerdo como el epicentro redondo y caliente de mi infancia. El imán poderoso de los asuntos varios que hacían posible la convivencia.

La mesa camilla que yo recuerdo, sabía vestirse para las ocasiones.

Para el trajín diario de la casa viva, vestía un escueto mantel de hule con un mapa de España, donde los pequeños tomaban su primera lección de geografía. Allí estaban, perfectamente enmarcadas las 59 provincias, con sus capitales, sus ríos, la inmensidad verde-amarillenta de los océanos periféricos.

Recuerdo un quemado en Galicia, como una premonición de futuro, solo que esta vez, había sido el abuelo el causante involuntario, al dormitar con el cigarro encendido sobre la mesa.




Sobre ese hule, se comía, se estudiaba, se hacía sobremesa. La familia, en un juego de hambre y paciencia, limpiaba las lentejas del racionamiento, quitaba hebras a las judías, o cortaba el escaso pan de los "coscurros", para unas precarias migas.

Abajo, la sima asequible del brasero con su pequeño montículo ardiente de picón de erraj, caldeaba ese cilindro formado por la madera y las faldas de grueso paño.

Las mozas y los pequeños de pantalón corto, pagábamos con molestas y picajosas “cabrillas”, el alevoso acercamiento a las brasas, en las gélidas noches de hambre y frío.

Una mesa camilla fue la culpable de mis primeros pensamientos pecaminosos, con motivos justificados.

En esta ocasión, estaba vestida para recibir visitas, tapado el mapa con unas nuevas y más costosas faldas,  rematadas por un primoroso tapete de ganchillo, hecho por la abuela con la paciencia con la que solo los mayores le ponen a este difícil arte de gastar el tiempo.

No me acuerdo como se llamaba aquella vecina, joven y frescachona que, en un día de visita, estando sentados alrededor de la mesa, me dijo: << Anda Juanito, “hecha una firma” que se nota el frío>>

Yo ya sabía que “echar una firma” significaba remover con la badila las mortecinas ascuas del brasero.
A ello me dispuse, agachándome y metiendo la cabeza por debajo de las faldas.

Al mover la alambrera que tapaba el brasero me tope con las piernas abiertas de la vecina, enseñando bastante más de lo que yo había podido siquiera soñar en mis primerizas y eróticas ensoñaciones.

Me demoré lo que pude y al sentarme de nuevo, vi como la que había hecho posible el singular espectáculo, miraba sonriente el  desproporcionado arrebol de mis mejillas. Tuve que  apartar los ojos, avergonzado, aunque desde aquel instante, cada vez que alguna mujer se sentaba en invierno en la mesa, yo siempre estaba presto a mover el brasero.

No puedo columbrar cual será el futuro de la mesa camilla, pero no quisiera que volvieran los tiempos a los que me he referido. Leer este escrito como una pequeña ofrenda a esa amiga que, sin querer, se cuela en los pensamientos de los mayores, a la que llaman nostalgia.

Pero ahora que la mayoría solemos sentarnos dirigiendo todas nuestras cabezas hacia una pantalla brillante y a veces mentirosa, sería bueno que nos juntáramos en redondo, como en una mesa camilla, mirándonos de frente los unos a otros y fuésemos capaces de calentarnos al unísono, con el abrazo redondo y solidario del vivir compartido.


Quizás, solo por eso, sea conveniente la vuelta de la mesa camilla.