domingo, 17 de septiembre de 2017

Casa de citas. (XLIV)




Que el hecho más sencillo,
el primero y el último 
del mundo, fue querernos.

   ( PedroSalinas)


No he querido faltar a mi cita dominical, aunque fuese de tan rudimentaria manera.
Espero que los achaques de mi ordenador, se solucionen pronto.
Hasta pronto.











miércoles, 6 de septiembre de 2017

FIN DEL VERANO



Esta mañana el mar tenía  color de despedida. El sol tras hacer su aparición en la escena con toda la parafernalia del que se sabe protagonista de la representación, al comprobar la falta de espectadores dispuestos a rendirle pleitesía, se ha escondido avergonzado tras una nube, negándose en redondo a volver al escenario.

Una mujer recorre la playa solitaria, envuelta en la tristeza que acompaña a todas las despedidas y con la premura nerviosa del tiempo que se acaba.

Ya no quedan corazones pintados en la arena , que se troquelaron con la intensidad de deseos perentorios, pero que han durado menos que las promesas que daban color al sentimiento.

Las velas blancas se almacenan en la memoria y los barcos, abandonados de brisas, se alinean sumisos en la arena, esperando  que otro baño de espuma salobre, les vuelva al sentido de su existencia.

Las hamacas se apilan al refugio de sombrillas tintadas con el color pajizo de una flor agostada.

El chiringuito, anterior refugio de paladares resecos y oasis  en medio de la arena calcinada, tiene las sombrillas a media asta, llorando el luto del verano que se ha ido.

De los apartamentos se han arriado las banderas coloristas de las toallas , dejando las fachadas cerradas a cal y canto y con una soledad de vacío y humedad.

Los niños que hasta hace poco construían sus sueños en la arena, se asoman hoy a la realidad perentoria del horario preconcebido y la necesaria obligación.

En un rincón olvidado, que solo se recordará dentro de un año, ha quedado arrumbado el bolso de playa, contenedor de un mundo de objetos que solo tienen sentido cuando el calor agobia y el sol se hace pintor sobre los cuerpos.

El último libro del verano, lleva en su solapa el sello indeleble de una mancha de aceite, que no ha logrado ponerle moreno.

 Cuando algún día volvamos a releer ese libro, unos minúsculos granitos de arena y esa mancha en la portada nos hará saber que fue la lectura entretenida de algún verano con historia.

Cerca del paseo marítimo un autobús desembarca matrimonios mayores a la puerta de un hotel.

Las arrugas de sus rostros enseñan con trazos bien marcados, la historia pasada de  soles inmisericordes y pocas brisas marinas. Algunos, cruzan el paseo, arremangándose sus vestidos y pantalones y corren a la orilla para que la espuma les refresque sus pies ahítos de pasos y tropiezos, con la urgencia vicaria de las nuevas emociones. 

Y es que para algunos, hasta la aventura y la risa tienen cara de otoño.

Enfrente, el mar eterno y rumoroso, resguarda sus prodigios a la espera de nuevas ilusiones.







domingo, 6 de agosto de 2017

JAZZ Y FLAMENCO

Poema, ya publicado, recordando aquellas noches, ya lejanas, en las que cuando el sobre llegaba, no sabía decidir entre el  flamenco profundo del Villa Rosa o el lamento negro de las notas del jazz en el Whisky Jazz Club.

El poema y el video, quiero dedicarlo a Tracy, buena catadora de lo autentico y con la sensibilidad suficiente para aprovechar esos casi quince minutos de quinteto de Pedro Iturralde, que además cuenta con la guitarra de un joven Paco de Lucía.


UNA NOCHE EN EL WHISKY JAZZ CLUB




Pedro Iturralde regalaba sonidos de ceniza.
La noche llenaba de densos presagios negros
y al fondo brillante de las copas,
le nacían amargos posos de tristeza,
encharcados en alcohol y humo de cigarros.

Las desorbitadas miradas de los ases del jazz,
junto a sus callados instrumentos,
adornaban las paredes de ladrillos y recuerdos
y viejos camareros, hacían mover la noria
con cangilones de fuego etiquetado.

Había una triste soledad en los silencios
y solo el brillante sonido del saxofón,
con su ternura viva,
presta olor a las marchitas flores de papel
que lloran su impostura en los viejos veladores.

Entre ella y yo,
atravesando las barreras del humo y la razón,
se inicia un inconcluso dialogo de miradas furtivas,
de palabras no pronunciadas,
de presagios de caricias torpemente diseñadas
de besos sin camino de ida y vuelta,

Salimos a la noche
con el swing pegado en los talones
y un coro de barrenderos
consume una triste danza de bienvenida
y brillantes arcos de lluvia dirigida
hacen de puente, en el colorista dialogo
de parpadeos, suelos mojados y estrellas.

Cogidos de la mano,
olvidamos nuestro pulso entrecortado
que no llega al peligro del incendio.

Se ha roto el hechizo.
Acalladas las notas que aceleraron los pulsos,
nos vamos perdiendo por calles sin sentido
que nos van llevando al desapego.
Y aquella pasión, apenas iniciada,
se disuelve en la noche
como leve pavesa de desamor y tristeza.

En el Whisky Jazz Club,
le han puesto a los sentimientos los cerrojos.
El saxo de Iturralde ya no sabe de caricias
y lo mismo que nosotros,
va perdiendo en la noche el brillo y los deseos.