martes, 1 de septiembre de 2026

Foto de Gelo Charro

Publiqué esta entrada hace 13 años, cuando las nervaturas de mis manos, aún no eran alarmantes, no necesitaba audífonos, ni gafas para ver de cerca.

Permitidme, por tanto, que rinda  un homenaje a estas parejas de pueblo, que tanto recuerdo y tanto admiro, quizás por que son sangre de mi propia sangre.



La tarde pasa, empujando soledades en el pueblo vacío, pero se detiene en el quicio de esta puerta con sabor a historia y vida.

Todo está en su sitio justo, como si un consumado director de escena lo hubiese dispuesto de antemano.

Pero aquí no hay tramoya. El cojín que galantemente el marido ha cedido a su esposa, para mitigar la áspera dureza de la piedra, no es de atrezo.

La mujer le saca partido a sus dioptrías, para remendar descosidos o poner cenefas a la tela de viejos camisones, con el fin de seguir dando vida útil a los retales. Ella desde joven y pobre, aprendió que nada sobra y que todo puede volver a utilizarse, aunque no se hubiese inventado la fea palabra “reciclaje”.

Sus cuerpos no necesitan de sus necesarias apoyaturas, al estar recostados a la tosca piedra del muro, que muestra los costurones que los años y las inclemencias han ido dejando en su fábrica. Por eso el bastón y la garrota descansan cerca, prestas a ayudar a soportar los titubeantes primeros pasos doloridos por la quietud y los años.

Al igual que ellos, la casa vieja y cansada, tiene una dignidad de limpieza y noble señorío.

Ese dintel de piedra berroqueña, el cemento de la acera y el banco de nueva factura, son el alegre mensaje de que todavía queda vida por vivir y pespuntes que dar a la existencia.


El hombre, en su trono de piedra, con el singular cetro de su cayado y coronado por su sempiterna boina, tiene la dignidad del hombre justo que muestra la historia de su trabajo en los sarmientos rugosos de sus dedos y en la artritis que se anuncia por la posición de sus manos.

Pero su mirada, al igual que sus ropas, sin arrugas, tiene la tersura de los hombres que no tienen dobleces y que saben mirar de frente a la vida que les toca.

La mujer, consciente de ese rol que le ha tocado vivir, ya no ayuda al marido en las labores del campo, pero con su largo mandil como uniforme, se afana cada día para que la casa mantenga su dignidad y su historia.

Han vivido tanto que hasta han visto caer, como castillos de arena, otras familias, otras historias, otras casas aledañas, que bien por dejación de sus dueños, o bien por ventajosas permutas o jugosas ventas para nuevas construcciones.

Ellos han sabido aguantar, colocando piedras nuevas, tapando las covachas donde moran las lagartijas cuando el sol aprieta, tejando humedades, jalbegando zócalos, apuntalando recuerdos y vivencias.

Hay mucha muerte, mucha ausencia, mucha deserción y mucha historia olvidada entre ambos guarismos.

Pero ellos, al igual que la puerta de su casa, están hechos de otra madera y se sujetan al pueblo y a la vida, con gruesos clavos de recuerdos y esperanzas y salen todas las tardes a ver pasar la vida, curando su soledad con amor y compañía.

La llave del portón de su felicidad está a buen recaudo.

No os engañéis: parecen ceniza, pero ascuas de luces  nimban la tranquilidad paciente de sus figuras.




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