Sin estar contaminado
de noticias y nocturnas verborreas hábilmente cocinadas, cada mañana se vestía
de tristeza dispuesto a iniciar su cotidiano viaje que, como siempre, lo
llevaba hasta la nada.
Solo el sol podía
responder a sus preguntas, pero sus ojos estaban dañados de reflejos y ahíto de
oscuridades.
Además este otoño en
vez de hojas livianas y doradas, nos trae cada mañana un rimero de hojarasca y
desamparos.
Después de toda una vida desbrozando porqués,
ahora al llegar al final, todas las oraciones se mezclan con ceniza y las
bellas canciones que hablaban de promesas, se acallan con el fogoso grito de
una humanidad encallecida.
Harto de días vacíos
de sueños y lleno de soledades, viajaba hasta la segura y acogedora patria del
mar, donde comprobar que las gaviotas se miraban en los cristales rotos de la
noche, ante la mirada penetrante de un cielo que no sabe de rituales y
magnánimo, ofrece su eterno despertar de latidos y de vida.
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