¡No,
amiga, no!
yo,
al igual que tú, amo la vida
y
no me pongo “cansino” ante la puta muerte.
Yo,
como tú,
añoro
los paisajes,
tiemblo
con las bellas sensaciones
y
con los sinceros latidos
que
el corazón ordena.
No,
no me gusta la poesía decadente
ni
rimar las palabras
con
negros nubarrones de tristeza.
Como
tú,
prefiero
el vals de las espigas,
los
molinos que molturan realidades,
la
brisa que el mar ofrece,
cuando
la tarde recoge las tumbonas.
Necesito
la poesía,
para
poder gritar aquello,
que
algunos callan y nos duele.
Pero
la vida,
esta
mi vida de ahora,
le
pone sordina a las sonrisas,
alumbra
desesperanzas,
cuando
busco la alquimia que procura
la
ternura alegre de un poema.
Me
lo dice cada mañana,
este
dolor que me corroe las entrañas,
este
freno de viajes diseñados,
de
sueños programados,
este
dolor de no poder llegar
a
lo que añoro y pienso.
Este
delirio de saber
que donde llega el pensamiento,
no
acaban de llegar mis huesos.
Me
pasa,
y
lo siento por Celaya,
que
a mi poesía se le ha mojado
la
pólvora del futuro.
¡La
debí gastar en salvas sin sentido!
No
amiga, no.
Yo,
al igual que tú, amo la vida.
Cuando
mi mente viva llega
donde
no pueden llegar mis piernas,
entonces
si me nace una puta tristeza!













