Pensaba en mis momentos más eufóricos que podría seguir escribiendo hasta pasados los noventa, pero largo me lo fie.
Las palabras se esconden, las metáforas no nacen y en definitiva, visto lo visto, Calíope, me ha abandonado.
Me ha costado dios y ayuda, pergeñar, este soneto. No creo que se repita.
Perdonar el atrevimiento, pero puedo justificarme, con ese deseo, casi juvenil y estrambótico.
Escribo este soneto apasionado
que nace del amor y el sentimiento.
Sois notarios de este testamento,
que se asoma a la luz, desorientado.
Noventa años y esto se ha acabado,
por falta de pasión y agotamiento.
No quiero añadir al sufrimiento
el tener que sentirme avergonzado.
Respetarme el último latido
que se nutre del surco y de la espuma,
mientras hago castillos, sin arena.
Mi próxima estación es el olvido,
entre bellos recuerdos y la bruma,
de esta triste vejez que me condena.
