Son las burbujas
estallidos de aire
que el viento olvida.
Se gana estilo
en la primera copa
de vino tinto.
Si es Valdepeñas
por estas que son cruces
se gana vida.
Un poeta que cuida sus renglones
nos habla de amor y sentimiento,
escoge las palabras con acento
para hablar del color y sus pasiones.
Tu paleta, certera de ilusiones,
no pueden acabarse con el viento.
Que una rosa de luz, en movimiento,
te marque un camino de emociones.
Como un vuelo tenaz de golondrina,
-que fuera tu constante compañera-
termines por domar este soneto.
Olvida para siempre la rutina
y ponte en la mañana como un reto,
que sea cada día Primavera.
Tratando de reconocerme
he vuelto a mirarme en el espejo
que me ha devuelto,
una extraña fotografía
envuelta en vaho de tristeza.
Una pegajosa angustia,
evita que pueda pintar los corazones
que el empañado cristal me obliga.
A esa mirada que veo reflejada
en un azogue de silencios,
es como un crepúsculo negro y sin estrellas
que empieza a tener color de olvido.
Hay trozos de vacío,
en esa desconocida cara hastiada de imposibles,
donde el tiempo, inmisericorde,
anota sus razones,
esas que irremediablemente nos llevan al olvido.
Tendré que acostumbrarme,
a esta penúltima mascara que me observa,
o definitivamente, dejar de mirar a los espejos,
para evitarme mayores sufrimientos.
Volveré a mírame, cuando la luz
borre las arrugas que impone la tristeza.
A MAR Y SURCO
Cuando el mar es tu vecino,
hay que estar atento a los naufragios,
hay que saber conjugar los vaticinios de los vientos
y descifrar el monocorde lenguaje de las gaviotas.
Yo, que vengo de la parda y reseca historia
de una tierra parca de azules,
vibrante de cigarras insoladas,
una tierra que deshace sus terrones
a golpe de sudor y soledades,
tuve que acostumbrarme
a leer en el mar de cada día
una nueva lección de vida y de latidos.
Volver a encontrar palabras
para renombrar
el ambulante relato de las olas
Y acostumbrar mis ojos
a ese despertar de sueños
ahíto de nuevas claridades.
Este mar me enseñó,
(en su encerado de azules)
que lo de los panes y los peces,
solo se consigue si uno se olvida
de que son posibles los milagros.
Me enseñó,
que no existen cerraduras,
para esa quietud lejana
que cada atardecer sedimenta,
en quien sabe delinear los horizontes .
Entre el molino y el faro,
me quedo con la luz que nos arropa y nos dirige.
Y con las piruetas del aire,
que hacen posible esa alegre rebeldía blanca
de aspas que molturan ilusiones.
Añoro sirenas en los “majuelos”
y pámpanos y racimos
en las crestas de las olas,
Dejadme que en esta noche de verano,
cuando los torsos y los sentimientos se desnudan,
le de las gracias a los exilios,
que hacen posible que las risas,
como enredaderas verdes,
den fe de vida
aferrándose a los muros de los viejos caserones.
SI VUELVO ALGÚN DÍA
Si vuelvo algún día
- cosa que dudo-.
Recordarme:
el mar que acaricia con sus pétalos
de sal y ternura,
de espuma y sosiego.
Recordarme:
que debo olvidarme
del peso de las lágrimas,
de la dignidad enterrada,
del látigo que hiere,
de la oscuridad compartida,
de la tristeza que embriaga.
Si vuelvo algún día,
-cosa que dudo-.
Recordarme:
el suave esplendor de la espiga,
el blanco desgranar de la nubes,
los besos que dejan cicatrices,
las tardes lluviosas de otoño,
en las que saxo de Coltrane
se hace sonido y nostalgia.
Recordarme:
que reinvente las promesas,
que olvide lo aprendido,
que vuelva a saltar sobre los charcos,
que siga mal escribiendo folios.
Y sobre todo:
que vuelvas a darme la vida,
con el acompasado ritmo de tus labios.