jueves, 9 de junio de 2022

PESCADORES


 

Se citan cada mañana a la hora en los que los pájaros ensayan sus cantos, las gaviotas afilan en la arena sus picos, los peces se visten de plata y abre el bar de su primer “carajillo”.

No saben de estaciones, ni de reservas, ni de apreturas. Todos los días del año recogen sus cañas y sin reparar en trofeos, medidas o parabienes, se llegan hasta el cercano espigón, todavía fresco de espumas y salobre de brisas.

En el horizonte, en la línea de apartamentos, con sus variopintas banderas de rizos y colores,  los sueños empiezan a mojarse de sudores, las habitaciones se orean buscando corrientes cruzadas y se hace caso omiso a los despertadores.

Como flores sincopadas, a la salida del sol por donde suele, se abren al unísono las sombrillas y un rumor de sueños olvidados, se van desprendiendo de las tumbonas.

La caña del pescador, imperturbable, no osa en inmiscuirse en la sosegada conversación de los dos amigos, esa conversación que cada día viene a demostrar que, al igual que a los peces, no siempre los cebos les son apetecibles.

A media mañana, cuando al espigón empiezan a llegar visitas no programadas y se comienzan a justificar sus faltas de capturas a las voces de los niños, recogen sus bártulos y los cubos vacíos y cierran ese círculo maravilloso del día que empieza, con su azulona quietud de mar,  su sol que rompe nubes y abre horizontes, el constante beso de la brisa y la tranquilidad de saber que pese a todo, el mundo sigue a lo suyo y siempre quedan las mañanas para saber, que aunque los peces no piquen, la belleza está a nuestro lado, a poco que nos molestemos por encontrarla.

En el recién abierto “chiringuito” de la playa, se despiden, hasta el día siguiente, con otro “carajillo”.




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