Amanece y vuela una gaviota
y el sol pone su luz a la mañana,
el agua rumorosa se derrama
en sal, aire y espuma, gota a gota.
Una vela del barco se alborota,
movida por la brisa soberana
mientras se oye un rumor en la lejana
vereda del mar, que se abarrota.
No puedo visitar la fresca orilla,
ni hablarle al mar de madrugada,
con palabras de amor y de ternura.
Solo puedo pintar con amargura,
con trazos de dolor la pesadilla,
y la triste vejez de mi mirada.
