Tratando de reconocerme
he vuelto a mirarme en el espejo
que me ha devuelto,
una extraña fotografía
envuelta en vaho de tristeza.
Una pegajosa angustia,
evita que pueda pintar los corazones
que el empañado cristal me obliga.
A esa mirada que veo reflejada
en un azogue de silencios,
es como un crepúsculo negro y sin estrellas
que empieza a tener color de olvido.
Hay trozos de vacío,
en esa desconocida cara hastiada de imposibles,
donde el tiempo, inmisericorde,
anota sus razones,
esas que irremediablemente nos llevan al olvido.
Tendré que acostumbrarme,
a esta penúltima mascara que me observa,
o definitivamente, dejar de mirar a los espejos,
para evitarme mayores sufrimientos.
Volveré a mírame, cuando la luz
borre las arrugas que impone la tristeza.

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