Esto lo publiqué el 23 de abril de 2019. Parece que no iba muy descaminado.
Aunque ya han pasado más de 40 años, veo que nuestra democracia no está todavía hecha para resistir las irresponsables embestidas de aquellos que están el deber de cuidar para que su vida sea fructífera y libre de sobresaltos.
Temo que la anterior alegre creencia, de que nuestra libertad estaba a salvo y que nada nos podría acercar siquiera, a los pasados y oscuros tiempos de oprobio y mordaza, se va convirtiendo en temerosa tristeza, ante los acontecimientos que día a día se vienen sucediendo.
Se empieza a notar en el ambiente, como un resurgir de antiguas situaciones, palabras tristemente recordadas, símbolos arramblados en el desván de lo inservible, que vuelven a desempolvarse, consignas cargadas de explosivos que creíamos felizmente desactivados.
Y sobre todo patéticos personajes, faltos de la más elemental consistencia intelectual y moral, que han irrumpido en la cosa pública, como si de un reality-show se tratara.
Lo que me preocupa es que, el ruido que son capaces de hacer con su soez y barriobajero vocabulario, amplificado por los mamporreros de las palabras, sean capaces de convencer a la gente que solo entiende y atiende a los que más gritan, sin pararse a leer la letra pequeña.
A estas alturas del siglo XXI, hay quien nos pide que desempolvemos el escudo, el casco, la alabarda y si algún adelantado la tiene, también la espingarda, que se nos invoca de nuevo a luchar por una España donde nunca se ponga el sol.
Les pongamos el candado de castidad a nuestras mujeres, (esos seres inferiores que pretenden salir de donde deben), y nos vayamos a Asturias a comenzar la reconquista de esta España, que no merece agua en las acequias, ni sol entre los arrayanes, ni Granada.
Esa España a la que le sobra la Giralda, Córdoba, Valencia y todo aquello despreciable que nos trajeron esos “desarrapados” del otro lado del estrecho.
Recrear esa España de Don Pelayo, recia, seca y polvorienta, llena de plazas de toros, cortijos de unos pocos y fincas de caza, y donde el verdadero currículo consista en haber matado al menos dos novillos, 100 perdices, algún caballo reventado y un venado de al menos 8 puntas, que naturalmente luzca disecado en los salones y se maten los galgos que ya no sirvan para la caza.
Una España de zurrón y escopeta, de alpargata, de bota de vino peleón, pero con bastantes catavinos de fino con la bandera tallada, para unos pocos en los casinos y los sitios de alterne.
Una España de cristianos viejos añorantes de la Inquisición, de misa diaria, plena de hermanos mayores, de bulas y misiones, de golpes de pecho, para comprobar que sigue engrosando la billetera.
Los que hemos vivido el anochecer del miedo y la tristeza de la mordaza, vemos con horror que la democracia y la libertad, que tanto nos costó, nos pueda ser arrebatada por la irresponsabilidad de unos pocos iluminados y quien los jalea, que solo saben quererse a ellos mismos y que suelen tener la mentira como segura compañera.
Está en nuestra mano.
!!! No volvamos a las andadas!!!

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