Recuerdo
aquella casa
que
daba a la plaza y miraba a la esperanza.
Tenía
balcones con aleteos de palomas,
desde
donde se podían contar luceros
y
soñar auroras boreales.
Latido
a latido, habité su precaria arquitectura,
mientras
soñé perdido en su rincones
y
fui pirata surcando sus pasillos.
En
la mesa pegada a los cristales,
emborroné
cuartillas,
coleccioné
sellos y deseos,
sufrí
de noches imprecisas,
animadas
por engolados locutores.
A golpes de rabia, rebajada con Dyc,
soñé
con futuras libertades y dioses permisivos,
mientras
el humo del tabaco ennegrecía la esperanza
y
el triste gris de ir viviendo, dejaba en carne viva
la
precisa materia con que se hacen los sueños.
Seguro
que ahora,
todo
ha cambiado dentro de esa casa,
aunque
ya no esté para saberlo.
Pero
desde este lejano mar, donde la añoro,
recuerdo
esa casa que daba a la fuente y las palomas.
Tú fuiste el inicio y la enseñanza
de este nuevo nido donde habito,
de esta nueva casa
que a pesar de las nubes de los años,
siempre busca mirar a ese horizonte,
siempre esperanzado de azules.