Ahora
estamos viviendo
en
el repetido silencio de los días
y
en la hosca realidad de noches que no acaban.
Recogemos
los pocos rayos de sol
que
se atreven tras la ventana,
en
una rebusca de luces y libres claridades.
Vivimos,
buscando
aleteos y trinos de pájaros
que
parecen volar heridos de tristeza.
Estamos,
con
la monotona cadencia de la lluvía
que
a veces nos visita, tras llamar en los cristales.
En
las noches claras, cuando se apagan los aplausos,
volvemos
al balcón a ver si las estrellas vuelan
y
alguna, con su pico de azules, nos alumbra.
Mientras,
avivamos
los recuerdos, para que no se resquebraje
la
endeble soledad del sentimiento.
La
madrugada
moja
sus pinceles en gotas de rocío,
para
que una nueva acuarela de tedio nos alumbre.
Añoramos,
la
caliente sensación, oro – espuma, de la espiga,
la
irreverente neblina fresca de la ola,
los
mil caminos de la rosa de los vientos,
el
cielo que despierta con campanas azules,
la
risa que suena sin tabiques ni distancias.
Por
lo que a mi respecta,
cuando
esto acabe y el arco iris recobre la sonrisa,
brindaré
con una bebida de las que tengo prohibidas,
buscaré los besos que he perdido
y
me prepararé a vivir,
la
poca primavera que me queda.