Acudían cada mañana a
la playa cogidos de la mano.
Tras colocar las
toallas en la arena, comenzaban el ritual repetido de cada día de vacaciones:
maceraban sus cuerpos con cremas solares, sin siquiera un asomo de caricias
suaves, se tumbaban al sol, sin que sus manos se rozasen siquiera, ocupadas
como estaban con el invisible teclado de su teléfono móvil.
Jugaban en la orilla,
con el monocorde ir y venir de una pelotita de plástico, impulsada por sendas
raquetas, pelotita que la mayoría de las veces terminaba en el agua, sin apenas
contactar con las pequeñas maderas.
Chapoteaban cerca de
la orilla con infantiles juegos, alevosas “aguadillas”, inacabados desafíos
natatorios y al rato vuelta a las
toallas, el sol y la arena.
Así hasta que, siempre
a esa misma hora en la que se pueblan los “chiringuitos”, recogían los bártulos
y volvían por el camino por donde habían venido.
* *
*
Cuando el sol pone oro
en los cuerpos, la playa acalla los gritos y se van poniendo firmes las
sombrillas, llega ella sola, hasta ese mar que se va quedando dormido, puntual
a la cita de todas las tardes.
Sedientas de olas y
caricias salobres, la veo dirigirse al tálamo de las aguas, adentrándose en el
deseo y la aventura de ese mar desnudo y sin prejuicios.
Tiritando de luces y
con su cintura acariciadas por las olas, se inicia un vals de caricias, que va
ganando en intensidades, cuando el deseo se esconde entre la espesura de las
profundidades.
Su pelo, como un
pararrayos de ansias, emerge entre las aguas, al tiempo que su pecho redondo y
pleno se llena del aire necesario para las nuevas caricias.
Nadie puede saber lo
que ocurre en las inmensidades oscuras de la tarde, pero cuando el mar se cansa
de morder la playa, ebria de luz, sal y brisa, asoma del agua la alegre
geometría de su cuerpo de ninfa, mientras el sol poniente traspasa la figura y
perlas de gotas de mar adornan la marfileña tersura de su cuerpo ahíto y
satisfecho.
Como cada tarde, en el
cuenco de su mano, coge un sorbo de espuma y lo besa.
Se nota que su
verdadero amor es el mar y no su previsible acompañante de la mañana.




