miércoles, 15 de noviembre de 2017

MIS DÍAS



Mis días,
con su lejano sabor a vida,
ya no necesitan ni de despertador, ni almanaque.

Mis días,
a veces interminables y plenos de ausencias,
me saben a ceniza y cuartillas emborronadas.

Mis días,
son como una caracola solitaria, vacía y gastada
que solo resuena cuando la brisa y el mar lo ordenan.

Hay días que me ovillo
al trascacho umbrío del recuerdo
y me nacen lágrimas con el sabor amargo del olvido.

Solamente las sonrisas,
la compañía de un libro
el amor que me llega de gente desconocida,
 recordados retazos de música
y la caricia de la mujer que amo,
le dan algún sentido

 a las horas y los sueños.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

HAIKUS PARA LA LLUVIA






Charcos de lluvia
el neón es el suplente
del sol que falta.

Ahora que llueve
se mojan de tristeza
los ventanales.

En las aceras
muestran su sinsentido
los veladores

Juega la lluvia
esquivando paraguas
y besos nuevos.

Si tiritara
el rocío sería
en vez de lluvia.

Esto es un sueño
 la lluvia mancha el cristal
de mis deseos.

¿Porque se niegan
los dioses de la lluvia
a darnos vida?


miércoles, 1 de noviembre de 2017

NECESITO...





Este grito que se ciñe a mi garganta,
esta ronca tormenta de mi pecho,
esta oscuridad de luz que se quebranta
y tanta ingratitud siempre al acecho.

Esta nostalgia que nace a cada paso,
este ir equivocando los caminos.
Estoy harto de alumbrar negros ocasos
y de soplar calmadas aspas de molinos.

Este triste deambular por el olvido,
esta reseca flor desflorecida
este corazón que olvida los latidos
y esta vida que se escapa de mi vida.

Empiezo a ser estatua de mí mismo,
el sereno que apaga los luceros,
el trágico epicentro de un seísmo
y el punto final de los senderos.

Necesito un ramillete de canciones,
un pentágrama de rosas y de arena,
un diapasón que afine corazones
y que se endulce la miel de mi colmena.

Necesito vivir a verso abierto,
a canto, a risa, a trino y alborada.
Necesito saber que si despierto
mis sueños no se mueren en la almohada.

Necesito



miércoles, 25 de octubre de 2017

HOMBRE TAN DE TIERRA TIERRA


Cueva de la Bodega "El Trascacho", del admirado y recordado amigo Andrés Cejudo.


Aquel hombre tenía en su cara todos los surcos de la tierra que le vio nacer. Era pequeño y rugoso como una cepa anquilosada, sabedora ya de que pocos racimos podían vivificarse con su savia. Sus pantalones de pana, se sujetaban  a su cintura con un cordel que agavillaba su figura.

Siempre trabajó en el campo y se vanagloriaba de haberlo hecho siempre para el mismo “amo”.

Había hecho de todo: recogido aceituna, vendimiado, segado. Sabía de mañanas frías, de tardes agosteñas, con la garganta con la misma necesidad de agua que los terrones que se deshacían bajo sus “albarcas”.

Tenía una hija ya casada con lo que él llamaba “un escribiente”. En realidad el yerno trabajaba en un banco en Madrid.

A pesar de los múltiples requerimientos del matrimonio, nuestro protagonista se había negado en redondo a abandonar el pueblo e irse a la capital, con el contundente razonamiento de que “él no se apañaba a vivir en medio de aquel desbarajuste”.

Vivía solo. Hacía tiempo que ya no iba al campo, pero él no sabía de jubilaciones y como solía decir, “aunque le faltaban dos años para los “cuatro veintes”, estaba “telendo” y podía aprovechar”.

Su “amo”, mejor dicho los hijos de su “amo”, le habían permitido que estuviese en la bodega, haciendo pequeñas faenas, y sobre todo cuidando de la “cueva”, a la que llamaba “La sacristía”, él tan poco dado a iglesias y sus boatos.

Era el encargado de atender a los visitantes, mostrándoles las instalaciones y dando a probar los vinos de las tinajas que celosamente cuidaba con lo que alguna buena propina se ganaba al final de su visita guiada.

La bodega había crecido, desde que los hijos del “amo” la habían vendido a una importante  multinacional de bebidas, cambiando por completo su funcionamiento.

Un trasiego constante de relucientes camiones cisterna, de “palés” rebosantes de cajas multicolores. Una monumental embotelladora, atendida por uniformadas muchachas, había sustituido a los antiguos “medidores” que llenaban pellejos con embudos y medidas artesanales.

Hombres con batas blancas, “los médicos del vino” decía nuestro hombre, manejaban extraños artilugios y  desconocidas maquinas “con luces de colores”, para poder intuir, la calidad de las uvas, algo que él sabía solo con pisar el “majuelo”, ventear los aires y probar un racimo todavía en agraz.

Una tarde, al salir del trabajo, oyó decir a “los de las oficinas”, que los nuevos dueños pensaban instalar unos enormes depósitos por la zona donde estaba “la sacristía”, aunque no hizo mucho caso. Siguió cuidando las pequeñas y panzudas tinajas de Villarrobledo, con el mismo mimo que siempre.

A las dos tres semanas, un ejército de hombres con chalecos reflectantes y cascos amarillos, empezaron a levantar plateados y gigantescos molinos sin aspas por la zona de la cueva.

Alguien ordeno el relleno de la misma, con el fin de asegurar los anclajes  de los depósitos de acero.

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Todos se extrañaron que a la hora de salida, no apareciese nuestro hombre, con su caminar pausado.

Fueron a llamarlo, antes de cerrar la enorme puerta metálica de la bodega.

Lo encontraron, definitivamente quieto, al pie del empotro de la cueva, apoyada su cabeza en una tinaja. Entre sus labios una colilla amarillenta. Sus pantalones, (color tierra), atados a su cintura por una cuerda. La luz de una pequeña bombilla, le ponía como una triste aureola a su cabeza.
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Meses después, cuando la primavera iniciaba sus milagros, al pie de los depósitos plateados, unas pobres y sin historia flores silvestres, habían conseguido brotar, poniendo un toque de naturaleza y vida en aquel aséptico complejo.